No tener miedo, es algo que normalmente te piden. Olvidarse de todo, normalmente es difícil y dejar de lado lo que alguna vez hirió aún menos.
La mujer que alguna vez decidió ser feliz se levantó con la misma monotonía de siempre, era raro que de aquella manera dejara que la felicidad entera a su vida. Siguió los pasos de siempre, abrió la regadera, dejó el agua fría la acariciara bruscamente y las lágrimas se mezclaron con aquella caricia, era raro, pero no soportaba más. Era obvio, la felicidad que sentía en algún momento se iba a partir, a fin de cuentas solo la sentía no lo era. Sintió algunos pasos y se asustó, la casa ya estaba vacía para ese entonces, los hijos habían partido hacía tiempo y el hombre al cuál se le entregó completamente alguna vez la había abandonado para armar el rompecabezas otra vez en el cielo. María estaba totalmente anonadada sólo atinó a cubrirse con lo primero que encontró y abrió aquella cortina desgastada por él tiempo.
Allí estaba sentado en la cocina esperando que la vida pasara por sus ojos, el café goteaba poco a poco y el aroma inundaba cada rincón de la habitación. Esperó un poco más y se sirvió una taza, era domingo por la mañana y realmente no tenía ganas de seguir adelante, tomó un poco de café y dejó que se resbalara por su garganta corrompida por el tabaco. Vio una cajetilla de cigarrillos y dubitó en prender uno, quería dejar el vicio hacia ya tiempo pero era incapaz de tener la valentía para botar la cajetilla que estaba ahí hacía semanas, sin poder soportar más se acerco, la abrió y asqueado por verlos llenos de moho los arrojó a la basura. La cólera lo invadió sin saber porque derrepente sólo buscaba algún motivo tirado de los pelos para poder soltar la ira que se escondía detrás el niño que aún llevaba dentro.
Fue a visitar a la abuela, ya hacía tiempo que no la veía y debido a los pocos centavos que le caían ella había decidido cortar el teléfono, decía que no era necesario al fin y al cabo quien quisiera hablar realmente con ella la buscaría y así sabría quienes si la necesitaban. Llegó a aquella casa en la que había pasado muchos años de su infancia y tocó por varios minutos la campana de la entrada sin recibir respuesta. Recordó la manera en la que sus padres ingresaban a esa casa cuando la abuela no se dignaba a bajar del segundo piso, así fue que entró y a voz en cuello gritó " Abuela, abuela", no recibía respuesta cosa que le parecía muy raro ya que su voz había sido lo suficientemente fuerte para no agarrar desprevenido a nadie. Un ligero aire rozó sus manos y comprimió su corazón, se preocupó y sin dudar más subió las escaleras de dos en dos, tranquizándose un poco escuchó el sonido de la regadera. Tocó la puerta del baño varias veces solo para alertarla, tampoco recibió respuesta. Abrió la puerta y allí estaba ella, tendida en el suelo ya sin respiración. Corrió hacia ella, abrazándola lloró y lloró sin poder contenerse.
El vacío se hizo presente, las habitaciones estaban llenas de tantas experiencias y sólo se veía el vacío que dejó. Intentó secarla un poco, aunque no sabía para qué si ya se había ido, la recostó en la cama en la que tantas veces había sido arropado cuando era niño. Miró el teléfono desconectado y no supo que hacer, cómo iba a ser capaz de ser portador de semejante noticia. Dejándola acostada, salió de la casa y caminó en aquella larga calle sintiendo que las manecillas del reloj se habían detenido. Llegó a la casa de su madre, con lágrimas en los ojos le preguntaron que había sucedido. Incapaz de dar la mala noticia abrazó a su madre y susurró: La abuela. Empujándolo, corrió hacia aquella casa que a pesar de estar tan cerca no visitaba en mucho tiempo. La encontró recostada en su cama, caminó lentamente e intentando ser fuerte se echó en el regazo de su madre, sin poder más dejó fluir las lágrimas empapando las sábanas que la cubrían.
Los días transcurrieron y el ritual acostumbrado se dio, raro aún el vacío no se había despegado de las paredes ni de las calles para aquellas personas, quizás la culpabilidad los hacía echarse la responsabilidad unos a otros, estaban cegados por la desolación que la vieja mujer había dejado.
Sentirse solo, sensación usual. Dicen que uno nunca lo está, ¿será verdad?
No hay comentarios:
Publicar un comentario