Aquél atardecer decifró lo que una sonrisa tan vacía podía significar. Los momentos se desvanecieron y la pieza del rompecabezas que faltaba decidió perderse en algún agujero fuera de la ciudad.
Se perdió, no quise buscarla. No sentía, no podía hacerlo. Daño, frustración y dolor causaba el instante donde mi vida acabó. Los ojos cerrados, una venda encima y los colores sin color de mi habitación, fue lo único que quedó. Monotonía, juego barato de golf y una cesta de manzanas que la abuela nunca me dejó tocar.
Solíamos pasar horas sentados en frente de la chimenea. La abuela cepillaba mi cabello; el abuelo, pipa en mano, contaba historias que nunca pude creer; Margarita pelaba habas en la cocina y con risas desinteresabas llenaba el lugar con la alegría que las historias del abuelo no podían lograr.
Lo encontré, el soldadito de cobre del abuelo, solía jugar con él mientras las nubes grises derramaban gotas llenas de amor que desilizándose por los vidrios llegaban a dar el calor que tantas noches necesitabamos.
Déjalo, olvida y haz.
Se perdió, no quise buscarla. No sentía, no podía hacerlo. Daño, frustración y dolor causaba el instante donde mi vida acabó. Los ojos cerrados, una venda encima y los colores sin color de mi habitación, fue lo único que quedó. Monotonía, juego barato de golf y una cesta de manzanas que la abuela nunca me dejó tocar.
Solíamos pasar horas sentados en frente de la chimenea. La abuela cepillaba mi cabello; el abuelo, pipa en mano, contaba historias que nunca pude creer; Margarita pelaba habas en la cocina y con risas desinteresabas llenaba el lugar con la alegría que las historias del abuelo no podían lograr.
Lo encontré, el soldadito de cobre del abuelo, solía jugar con él mientras las nubes grises derramaban gotas llenas de amor que desilizándose por los vidrios llegaban a dar el calor que tantas noches necesitabamos.
Déjalo, olvida y haz.